El fantasma del gran gladiador

Per Albert Borràs

Hacía unos días que me encontraba de vacaciones en Tarragona. Después de un par de jornadas enteras tumbado en la playa, necesitaba descansar de tanto mar y tanta arena, y pensé que sería interesante visitar la parte alta de la ciudad. Perdido y encantado por esos misteriosos callejones, entré casi sin darme cuenta en un bar que parecía llevar ahí desde que los romanos fundaron Tarraco. Dentro me atendió un camarero un tanto extraño y de un aspecto bastante tétrico, que me narró una no menos extraña y terrorífica historia, según me dijo, muy conocida en la ciudad, que ocurrió unos cuántos siglos atrás.

Era un chico guapo, fuerte, hábil con las armas y con las letras, y pertenecía a una familia  poderosa y con mucho dinero. Juan era el hombre perfecto para todas las chicas de la ciudad, bueno, todas menos una. No había mujer en Tarragona que no hubiese soñado alguna vez con él, exceptuando Irene, que era la única que de verdad le gustaba a Juan. Irene era para muchos la mujer más bella de la ciudad, y encima era muy inteligente, cantaba bien, y al igual que Juan, era de la nobleza.

 Los dos se conocían muy bien, porque desde muy pequeñitos eran amigos. También desde muy pronto, Juan empezó a sentir algo más que amistad por Irene, aunque ese sentimiento no era compartido por ella. La obsesión de Juan por ella era tal, que Irene quiso cortar de golpe su relación, y se negó a verse o a hablar con él.

Juan, incapaz de olvidarse para siempre de su amada, insistió sin parar para que se encontraran, y al final el esfuerzo obtuvo sus frutos. Quedaron para encontrarse una noche de marzo –el camarero no recordaba que día- en el jardín de la casa de Irene.

Al fin el día llegó, y Juan, ansioso por encontrarse con su amada, llegó antes de lo pactado a la cita. Esperando en el jardín, vio en una de las habitaciones, a través de las cortinas de la ventana, la que él estaba seguro que era la sombra de Irene con la de un hombre, demasiado alto para ser su padre o alguno de sus hermanos. Preocupado, asustado y sobre todo muy, muy rabioso por la escena que se imaginaba, subió rapidísimo a la habitación para ver qué estaba ocurriendo. Al llegar, se encontró una imagen mucho peor de la que había pensado: Irene, su amiga, su amada, su chica, estaba con Iván, una de las pocas personas a las que Juan odiaba a muerte.

Iván era hijo de los Pérez, una familia que llevaba enemistada con la de Juan desde tiempos inmemorables, y Juan e Iván, para no romper la tradición, se llevaban más mal que el perro y el gato.

Al ver a Iván con Irene, no pudo evitar abalanzarse violentamente sobre él, empezando así una pelea que sólo tuvo fin cuándo la chica se puso entre los dos. Entre lágrima y lágrima, les pidió que lo dejasen, que no se matasen por su amor. Pero los chicos estaban decididos, y se retaron, esa misma medianoche, en el antiguo anfiteatro romano. Al oír eso, un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Irene.

Cuando era pequeña, su padre siempre le contaba viejas leyendas de la ciudad. Le contó tantas, que la mayoría las olvidó, pero sí se acordaba de una que decía que quien fuese al anfiteatro a la media noche, moriría en manos del fantasma de un antiguo gladiador romano, que antes de caer derrotado, había jurado hacer lo que le hicieron a él a cualquier persona que pusiera un solo pie en el lugar de su muerte.

Irene les contó la historia a los dos jóvenes, y les rogó que no fueran al anfiteatro, porque si lo hacían nunca la volverían a ver. Pero los chicos estaban cegados por la ira, y sin hacerle caso, fueron a prepararse para librar su batalla, una lucha a muerte.

 Y sí que fue una lucha a muerte. Los chicos entraron en el anfiteatro, y allí firmaron su sentencia. Nunca se supo nada más de los dos jóvenes. La gente creyó que se habían asesinado, que ambos lucharon con tantas ganas que habían muerto en la batalla. Pero Irene, y otra gente conocedora de la historia de la ciudad, apuntaron siempre a que habían muerto en manos del gran gladiador.

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