El sauce

Per Laura González

Era el año 1402, un verano caluroso y bastante tranquilo en el sur de España. Don Darío y su único hijo, Pablo, vivían en su mansión, a las afueras de la villa, con grandes tierras y viñedos que había heredado de su padre, y este de su padre, y así generación tras generación.

Francisco, el criado de don Darío, era un fiel amigo de Pablo, con quien cabalgaba por las tierras del padre de éste, y vivían miles de aventuras, descubrían lugares recónditos y se contaban historias fantásticas sobre los dioses, animales y humanos más insólitos que jamás se hubiesen oído. Francisco era quien más criaturas conocía, y quien más datos sobre otros mundos mágicos le proporcionaba a Pablo, y él escuchaba atentamente, preguntándose a sí mismo cómo podía su amigo conocer cada día una nueva historia acerca de todas aquellas fantasías. Pero Francisco no solo contaba aquellas rarezas, sino que a veces también se comportaba de manera extraña; salía a escondidas por las noches, hablaba en sueños, muchas veces tenía la mirada perdida en un árbol, el sauce más antiguo de sus tierras. Eso fue algo que al principio extrañó al muchacho, a veces incluso le incomodaba, pero terminó por acostumbrarse y se convenció que su cabeza estaba en otra parte a causa de una chica que le había robado el corazón, o algo similar.

Pero aquella semana, Francisco se había comportado más raro de lo normal, y una noche clara, Pablo decidió seguirle, para ver de una vez con sus propios ojos qué era aquello que tenía ensimismado a su mejor amigo. Curiosamente, Francisco se detuvo frente al sauce, y se adentró entre sus ramas. Pablo procuró no perderle, y también se adentró entre las hojas. Allí, el joven descubrió un claro demasiado grande para quedar escondido entre el follaje del sauce, y en él, a montones de criaturas. Se percató de que todo aquello que Francisco le contaba no eran locuras o imaginaciones; era real: hadas, duendes, ninfas, diosas, caballeros legendarios que se daban por muertos… Todo aquello había estado cerca de él sin que conociese de su existencia. Pero la sorpresa no tan fue agradable para ambos: en cuanto todos aquellos seres le descubrieron, parecieron enfadados, desanimados, una especie de ira que Pablo no supo describir en ese momento.

–      No deberías estar aquí, muchacho- un cíclope era quién le advertía en ese momento.

–      Vete, niño, este lugar no te pertenece- una hadita se le acercó para amenazarle, pese a su pequeñez.

Pero él no pudo articular palabra. Estaba demasiado asombrado contemplando el panorama, y cómo su amigo y fiel siervo se convertía en un híbrido entre león y águila, un hipogrifo, como le había mencionado varias veces. Con una voz imponente, Francisco, en su forma animal, le ordenó:

–      Márchate y olvida lo que has visto, ahora que puedes. No menciones esto a nadie, o sufrirás el destino de tus antepasados.

Pablo salió corriendo de allí, y aunque procuró olvidarlo, pasó la noche en vela pensando en aquello que había presenciado. Y llegó a la conclusión de que no tenía que callárselo. A la mañana siguiente, contó a su padre todo lo que había visto, quién escuchó atónito lo que su hijo relataba con detalle, y éste coincidió en que él vivió lo mismo hacía ya años, pero que se le olvidó con el paso del tiempo. Así que ambos salieron de la casa en busca de Francisco y el resto de seres místicos, y al llegar al sauce, siguieron el mismo camino hasta llegar al claro de la noche anterior. Pero lo único que encontraron fue a las estatuas de su familia.

–      Sabía que volverías-una voz conocida sonó a sus espaldas; era Francisco, pero esta vez en su forma habitual-. No podía confiar en ti. Os advertimos a ambos, y ahora, debéis pagar vuestro castigo por vuestra insensatez y deslealtad, igual que el resto de vuestra familia.

Y con una suave caricia de las ramas del sauce, don Darío y su hijo, quienes no habían respetado su palabra, fueron convertidos en estatuas para el resto de sus vidas, junto a su abuelo, y su bisabuelo, y su tatarabuelo, quienes sufrieron el mismo destino por ser demasiado curiosos.

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