La princesa de Ethabur

Per Clàudia Pedescoll

Era noviembre del año 1453. El Príncipe Francisco V de Ethabur acababa de fallecer… Todo el pueblo estaba de duelo: mujeres y niños, hombres y ancianos, se dirigían a la capilla del castillo con bonitos ramos de flores como ofrenda a su querido príncipe.  Francisco V de Ethabur murió a una edad muy temprana….Y para su mujer, Caterina VII de Ethabur,que era dos años menor que su difunto esposo, fue un golpe muy fuerte. Se dice, pues, que la muchacha estaba tan triste que, a los pocos días de fallecer su marido, dejó de comer, de hablar y el brillo de sus ojos, que antaño se podía comparar con el de las estrellas, se esfumó. Tras haberla llevado ante los mejores médicos de la ciudad, haberle hecho los mejores regalos y haber contratado a los mejores bufones para conseguir mejorar su estado de ánimo, se dieron por vencidos y la catalogaron de loca. Pensando que, encontrándose en el estado de shock en el que estaba, daba lo mismo seguir pagándole médicos que tenerla encerrada en una torre durante el resto de su vida. Por ello, tras anunciar su supuesta “enfermedad gravísima” que la privaba de salir a la calle y de recibir visitas, la encerraron en el ala este de la torre principal del castillo tirando la toalla y dejando que la dulce princesa de Ethabur echara a perder su juventud encerrada en una habitación de piedra. El único sirviente de palacio que tenía permitido entrar en los aposentos de la joven era Gilbert, el fiel ayudante de esta que, desde su infancia, había servido a su familia y que, por lo tanto, era el que tenía más confianza con ella. Cada mañana, el muchacho la despertaba entrando en su habitación, abriendo las ventanas y cantándole alguna que otra cancioncilla de su propia cosecha. Luego la llevaba al comedor y le preparaba el desayuno y ,tras haber comido, se la llevaba a dar una vuelta, por los jardines del castillo. Nadie comprendía cómo el muchacho tenía el humor de dedicarle tantos cuidados. Muchos pensaban que era por amor y , ciertamente, no estaban del todo equivocados. Gilbert ignoraba el hecho de que la princesa no hablase ni tuviera nunca ganas de hacer nada; es más, según él, lo que debían hacer era dejarla salir de su torre para que recuperara la salud, pero los reyes le ignoraban, poniendo como excusa que no era bueno para ella aunque ,en realidad ,lo que querían evitar era que los ciudadanos supieran que la princesa no estaba bien de la cabeza. Una mañana de primavera, el sirviente entró, como de costumbre, canturreando una melodía alegre, en la habitación de Caterina y sorprendentemente la encontró sentada en su cama con las manos cerradas en forma de cajita sobre su regazo. Al preguntarle el muchacho qué guardaba entre sus manos, la joven las abrió lo justo para que él pudiera observar la cría de petirrojo que escondía entre sus finos dedos. Al verlo, el muchacho se acercó con aire simpático para observar mejor al pequeño animalito pero ella cerró las manos y las puso fuera de la vista de Gilbert. Justo en ese momento al sirviente le pareció oír una débil vocecilla que suplicaba “Ayúdame, sácame de aquí…” pero entonces Caterina se levantó, se dirigió a la ventana, abrió las manos y dejó caer al pajarito provocando que Gilbert hiciese una mueca de desaprobación y que, sin decir una palabra, abandonara la habitación. El joven cerró las puertas del dormitorio y se dirigió, melancólico, hacia el jardín, que era ,sin duda, su lugar favorito de aquel hermoso castillo, pues era el sitio donde había vivido los mejores momentos de su vida junto a Caterina, la mujer que ocupaba su corazón desde el día en que sus miradas se cruzaron por primera vez. Allí solía ir a pensar, a dar vueltas a sus problemas con el fin de que nadie le molestase ni le interrumpiese. Aquella mañana había ido a pensar en su amada; no entendía por qué razón su carácter había cambiado tanto desde la muerte del príncipe Francisco. Era normal que se sintiera triste y dolida, pero hasta el punto de cambiar su personalidad, siempre alegre y jovial, por completo… Al situarse a la sombra del balcón de la habitación de la joven, vio el pobre petirrojo, aplastado contra el suelo, con las alas abiertas en una posición que resultaba desagradable de ver. Con paso lento, se acercó a él, temiéndose lo peor, y observó que aún respiraba. Con suma delicadeza cogió la criatura y la examinó pausadamente. Estaba muy malherida, pero no muerta. Tras acunarla entre sus fuertes brazos, le pareció notar que el latido de su corazoncito se intensificaba y, al bajar la mirada hacia el animal, se encontró con que los oscuros y diminutos ojitos del ave le miraban fijamente, como queriéndole decir algo. Él le sonrió con ternura y fue entonces cuando recordó que antes le había parecido oír que le pedía ayuda. Gilbert quiso comprobar si era cierto así que, susurrando, dijo “¿Estás bien?”. Aquel delicado ser abrió su pequeño pico y dijo entre jadeos provocados por el dolor que le causaban las heridas de la caída: “Gilbert, soy yo… Cometí una estupidez y ahora estoy encerrada en este maldito cuerpo cubierto con plumas…”. El muchacho se quedó sin aliento; la vocecilla con la que el animal había hablado se parecía demasiado a la de Caterina… El petirrojo prosiguió “ Hará cosa de unos pocos meses, tras la muerte de mi querido Francisco, un extraño espíritu me visitó, entró en mi dormitorio una noche fría y neblinosa y me dijo que, a cambio de mi joven cuerpo, haría cualquier deseo realidad… Yo estaba tan triste que no tuve otra idea que pedirle que trajera de vuelta a mi amado príncipe. Me sentí tan sola que la propuesta de Ese monstruo me pareció mejor que seguir viviendo aquí, sintiéndome desgraciada y perdida…Y aquel monstruoso ser me engañó…” Sin duda aquella era Caterina, la muchacha de la que él estaba perdidamente enamorado. Sin pensarlo, subió corriendo las escaleras que conducían al ala este de la torre principal, cogió la espada de una de las armaduras que decoraban el pasillo y entró con brusquedad en la habitación, aun sujetando a Caterina convertida en pajarillo. El demonio que se alojaba en el cuerpo de la joven le miró con ojos desafiantes, invitándole a luchar, así que el muchacho dejó suavemente al animalito en uno de los estantes y atacó al monstruo sin dudar un instante. Para su sorpresa, el demonio no intentó esquivar su golpe sino que se colocó de forma que recibió toda la fuerza del espadazo en el pecho, dejando que el arma le atravesara el corazón. Justo en aquel momento, un destello de una luz rojiza envolvió el cuerpo de la princesa y el del petirrojo y, al cabo de unos instantes, el animal se transformó en un horrendo cuervo y se alejó batiendo sus alas, al mismo tiempo que graznaba de tal forma que parecía que estuviera riéndose malévolamente. La muchacha yacía tumbada en el suelo, aún con el arma clavada en el pecho, respirando dificultosamente y retorciéndose. Cuando Gilbert se acercó a ella desconfiadamente, ella entonó con voz débil las últimas notas de la primera canción que Gilbert le había cantado y falleció. Al entender cómo había actuado el diablo, cambiando otra vez de cuerpo en el momento en que él le atravesaba con la espada, gritó de dolor y rompió a llorar amargamente sin comprender que, al acabar con la vida de Caterina, lo que en realidad había hecho era liberarla de la horrible maldición de tener que vivir encerrada durante toda su vida en el cuerpo de un petirrojo.

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