El zafiro

Per Alberto Enrech

Nos remontamos a mediados de la primera cruzada, sobre finales del siglo XI. Los ejércitos cristianos iban avanzando lentamente hasta la suntuosa ciudad de Jerusalén. Era una marcha dura y pesada por Tierra Santa. Casi no había agua y no tenían mucho que comer, sin hablar de los bandidos árabes y sarracenos que se encontraban cada dos por tres en el camino. Entre los caballeros estaba Guillermo, un noble normando de gran reputación. Era alto, fuerte, tenía el pelo oscuro y los ojos azules. Iba vestido con un gran traje azul y con el escudo de su familia en el pecho. Tenía un gran caballo blanco, fuerte y astuto. Le acompañaba su escudero, Juan. Él era de origen leonés. Era bastante bajo, rechoncho y sucio de mugre de su asno. Era rubio de ojos azules y pequeños con bastante buena reputación como escudero. Siempre iba encima de su asno, pequeño y zoquete.

– Descansaremos aquí, –dijo el capitán– un poco de descanso nos irá bien antes de seguir hacia Jerusalén.

– ¿Dónde estamos?–preguntó Guillermo a un esclavo lugareño llamado Salim.

– Estamos en un camino a veinte millas de Jerusalén. ¿Ve allí aquella montaña? Aquella montaña a la lejanía dicen que guarda un tesoro, más concretamente, un zafiro, una piedra preciosa azul celeste muy apreciada por su rareza. Pero nadie hasta la fecha se ha atrevido a entrar desde que una vez un hombre, Mohamed ben Haraad, quiso encontrar el zafiro para regalárselo a su mujer. Salió de Jerusalén a las seis de la tarde y al día siguiente nos lo encontramos en la puerta de la ciudad lleno de sangre, descuartizado y con mordiscos de algún animal salvaje.

Guillermo se estremeció.

– Bien, hemos descansado suficiente, vamos a continuar. –exclamó el capitán.

Los ejércitos continuaron caminando y Guillermo pensó en todo aquello que podría hacer con aquel zafiro. Si llegaba a Normandía con aquel zafiro después de la gran victoria cristiana en Jerusalén sería venerado y aclamado, además de por la victoria, por el hurto de un tesoro de los sarracenos. Después de seis horas de caminata ya quedaban sólo 4 millas para llegar la ciudad pero debían esperar a los refuerzos ya que aliados suyos habían probado ya ataques y de nada habían servido.

– Caballeros de Normandía, –dijo el capitán– he de comunicarles de que sólo quedan 4 millas para llegar a Jerusalén. Esperaremos a nuestros aliados genoveses que llegarán mañana, según me han informado, y entonces atacaremos. ¡Ahora a montar el campamento!

Después de montar el campamento cenaron y rápidamente los soldados cristianos de casi todas las nacionalidades europeas se fueron a dormir a sus correspondientes campamentos. Guillermo, a pesar de la advertencia del esclavo, quiso ir a buscar el zafiro y se lo comunicó a su capitán, pero no contó con que Salim, el esclavo, estaba escuchando la conversación. Cuando Guillermo se fue él le siguió. Una hora más tarde llegó a la montaña, la subió y encontró la cueva. Salim hizo lo mismo sin perderle la pista. Media hora más tarde salió con el zafiro en la mano.

–Demasiado fácil–pensó, y continuó caminando en dirección a su campamento.

De pronto salió el esclavo que estaba escondido detrás de una roca y le clavó un puñal en la espalda y lo dejó muerto. A continuación le cogió el zafiro que lo llevaba en la mano. De pronto oyó un ruido y echó a correr tanto como sus piernas debiluchas y enclenques le permitieron. Pero se detuvo al instante, unos bandidos estaban esperando en la entrada de la cueva para robarles. No sabía que hacer así que les entregó el zafiro, pero no fue suficiente. Ellos no querían dejar testigos así que uno de los bandidos le atravesó el cráneo con su sable. Después cogieron los dos cuerpos, se los llevaron y los descuartizaron a la entrada de Jerusalén como siempre hacían con los que entraban en la cueva. Salieron corriendo en sus camellos con el zafiro en la mano.

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