Retos de escritura

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En clase de Taller de escritura de 2º de ESO se retó al alumnado a escribir un relato corto con unos requisitos:

  1. Que aparecieran tres palabras: blando, valentía, libro (2ºA) y sólido, herramienta, justicia (2ºB)
  2. Que usaran: narración, descripción y diálogo en el mismo texto.
  3. El tema fue libre.

Se escogieron los mejores de cada clase y aquí os los presentamos:

EL LIBRO por Pablo Aytés (2ºA)

El libro que elegí tenía la tapa de la portada de color verde oscuro, las puntas de las esquinas estaban reforzadas de metal pintado de color oro. En el centro de todo había un rubí de color rojo intenso, pero lo más raro es, que no había título.

Fui a preguntarle a la dependienta:

-Perdone, ¿sabe usted si este libro tiene el nombre apuntado en algún sitio?

-Lo siento pero si no está en la portada, no tiene nombre.

-De acuerdo.

Aun así, ese era el libro que quería  y ese fue el libro que cogí.

Cuando llegué a casa, saludé a mis padres, hice los deberes, cené y por último me reservé lo mejor, poder empezar a leer el libro. Acomodé la cabeza en la almohada y lo empecé. Era una historia de magia y ciencia-ficción muy interesante el cual iba devorando página por página. Paré de leer ya que no me lo quería acabar en un día. Soñé toda la noche en John, el protagonista del libro, y en sus aventuras.

Al día siguiente, cuando me desperté, en vez de tener la cabeza apoyada en un blando cojín, la tenía apoyada en el tronco de un sauce llorón. Me levanté, vi el entorno y me recordó al de la historia que me había leído. Luego me miré la ropa y vi que era la misma que la de John.

¿Quería decir eso que me había convertido en él? ¿Tendría la valentía suficiente como para continuar su viaje?


UNA AVENTURA DE VERANO por Iker Ferrer (2ºA)

Jack y sus amigos cogieron la bicicletas para hacer una larga excursión. Era obvio que era verano, de hecho, su ropa aclaraba dudas: todos con camisetas de manga corta y pantalones por encima de las rodillas. Además, en sus mochilas, llevaban bañadores y toallas, por si acaso.

Los destinos eran varios pero al final se decantaron por aquel espeso bosque, hábitat al que a todos les hacía ilusión ir. No tardaron mucho en llegar al camino que les llevaría a nadie sabe dónde a través del bosque. El agotamiento era cada vez más fuerte, pues el blando terreno impedía que pudieran avanzar al ritmo que les gustaría. A lo lejos se divisaba una casa que parecía estar abandonada:

-¡Mirad! ¡Allí hay una casa abandonada a la que podríamos ir! -dijo Jack

-Jope… está muy lejos. Además el terreno está mojado y nos impide avanzar sin cansarnos -dijo un amigo del niño

-Yo estoy con Jack. Si hemos venido aquí estamos por algo.- dijo uno de los chicos más valientes de la pandilla.

-Es verdad -contestaron los otros.

Dicho y hecho, los chicos habían emprendido camino a la vieja y solitaria casa. Cuando llegaron estaban bastante sedientos, ya que el agua no les había durado más de una hora. De repente el cielo se oscureció. Los niños entraron en la casa. La primera impresión no fue muy buena . Había un sótano lleno de telarañas, las paredes estaban mugrientas y las estanterías llenas de polvo. No tenía acceso al agua aunque viendo su exterior era de prever. Las escaleras chirriaban al pisarlas y la parte superior parecía devastada por las termitas y otros bichos.

Con coraje y valentía, Jack bajó al sótano. Las telarañas que habitaban la sala eran enormes. La luz no funcionaba, así que no pudo ver con claridad qué había ahí abajo. Al subir a la planta inicial, se escuchó un estruendo ruido. Asustados, se escondieron un par de libros que se habían caído al suelo. Además del ruido provocado por aquellos libros, también se podía escuchar un búho. El ruido era muy desagradable así que decidieron salir. La puerta, chirriando, se cerró antes de que lograran salir y detrás de ellos apareció un payaso que aparentaba el aspecto de un villano muy conocido, Joker. Éste era terrorífico, cara blanca, pelo verde, traje lila…

Finalmente y desgraciadamente, los padres de aquella pandilla ya no volvieron a ver a sus hijos. Ahora nadie sabe dónde están y si aún siguen vivos.

-Muy bien, me gusta mucho tu historia -dijo la profesora.

-Gracias, María José -respondió el alumno.


LIBROS DE KOWE por Lucas Pellicer (2ºA)

Todos pensaban que Kowe era raro, diferente, por el simple hecho de ser africano. Todos se reían de él en el colegio por ser “color caca”. Su único refugio de la discriminación eran los libros, pues en ellos podía ser lo que quisiera, desde un pobre campesino hasta el mejor ingeniero aeronáutico del país. Cada página que pasaba, nuevas sorpresas le esperaban y peligrosas aventuras aguardaban. Así era la vida del niño.

Un día, mientras sus profundos ojos de color negro se fijaban en las palabras, evitando de vez en cuando algunos de sus negros rizos rebeldes y despreocupados, que caían sobre sus gruesas cejas color azabache, se percató de que a su libro le faltaba una página. Pasaba de la 242 a la 245. Se volvió y vio al matón del colegio, Daniel, con el trozo de papel entre sus manos.

-¿Quieres esto? – preguntó desafiante

-La verdad es que sí. – respondió tímidamente Kowe

-¡Pues vete fuera de mi país, escoria! – se rio

Kowe no podía creer lo que sus oídos habían oído y, sin pensarlo dos veces, se lanzó en plancha contra el corpulento chaval y, armado de valentía, le asestó un puñetazo en la cara, dejándolo sangrando por el tabique nasal. Al recuperar la página se sintió muy ligero, casi ingrávido, y la momento apareció en una escena de su libro. Tocó el blando colchón de la cama de Dipper Pines, el protagonista, y se sintió más relajado que nunca. Se levantó y, al pasar por un espejo se dio cuenta de que ¡se había convertido en el chico! Salió al jardín y cruzó el bosque de cerca de su casa, decidido a desvelar un misterio como haría Dipper. Buscó en la corteza del árbol con compartimento donde estaba guardado el diario del detective y lo cogió pero, al darse la vuelta, descubrió que una oscuridad misteriosa le perseguía y echó a correr. De repente, del suelo salió un gnomo de jardín que vomitaba arcoíris y le hizo tropezar. Cayó al suelo y la oscuridad le engulló…

En el hospital todos esperaban que Kowe se recuperara pero su corazón dejó de latir. Daniel había ganado la pelea y dejado el chaval en coma. El director vio lo ocurrido y destinaron al matón a un centro de menores. En realidad, todo habían sido imaginaciones suyas. Y, aunque su vida fuera un infierno, Kowe falleció con una sonrisa en la cara: los libros que leía siempre estarán con él.


ANSTAY por Gerard Ros (2ºA)

Anstay era un asesino del Antiguo Egipto digno de admirar. Era alto, fuerte y robusto, con el pelo negro y largo, los ojos un poco achinados  y negros, una boca grande y la barbilla redondeada. El cuerpo era cuadrado, con los brazos largos y la manos grandes; unas piernas fibradas y largas. Especialmente le gustaba ir con el pecho descubierto para luchar, pero para explorar o alguna otra cosa lo llevaba tapado. Su traje estaba hecho de las mejores pieles de los mejores camellos. Su espada tenía la forma de un semicírculo, también llevaba una daga y un arco, pero lo que especialmente usaba eran sus propias manos. Su caballo era blanco como una nube y veloz como el viento. También tenía dos barcos, uno grande y otro pequeño. Su ejército llamado “Stohkill”, era el mejor del mundo. Aún nadie los había derrotado, ni tan siquiera habían matado a ninguno. Sus padres murieron en manos de la faraona Egipcia Cleopatra. Él nunca la perdonó, siempre busca la venganza y hoy es el día que irá a por ella. Tiene que hacer un gran recorrido para poder llegar a su castillo. Él iba con su ejército pero no para luchar, sino para tenderle una emboscada. Tardaron días en poder llegar, pero llegaron. Su castillo era enorme, era parecido a un gato con cabeza de humano. Tuvo que ir solo para pedir permiso para entrar. Todo el mundo sabe quiénes son, pero nadie sabía que la reina mató a sus padres, ni siquiera ella. Al llegar a las puertas, llamó y los abrieron. Ellos entraron y todos, menos Anstay, se quedaron fuera. Él se fue hacia el trono de Cleopatra.

-Hakay -saludó el asesino

-Hakay -respondió la reina -¿Qué haces aquí? -preguntó ella

-Vengo a darte el poder de mi ejército -respondió el hombre

-De acuerdo -afirmó Cleopatra -¿Supongo que quieres algo a cambio? -dijo ella

-Sí -dijo Anstay – Quiero que te cases conmigo -respondió velozmente

-¿Tienes valentía para decirle eso a la reina, pero digo que sí -la reina respondió

-A parte del ejército te quiero dar esto -sacó un libro -Aquí pone todos los nombres más importantes de los “Stohkill”

-¡Sí! -exclamó la reina

-Pues esto es todo -dijo Anstay -Adiós

-Adiós -se despidió la Cleopatra

Un año más tarde los dos se casaron. Él le regaló una página y el boli con la punta más blanda para que escribiera su nombre, y ella le regaló un trono al lado suyo. Los casados se dieron un beso y empezó el festín. Lo que los Egipcios no sabían es que los Stohkill tenían preparada una emboscada. Anstay llamó a su esposa para enseñarle una cosa que le había preparado. Ellos se fueron debajo de su templo. Mientras la pareja se fue, los asesinos mataron a todos los que estaban en su fiesta. Él llevó a Cleopatra a lo alto del reino para empujarla. En la cabeza del templo la empujó; ella no murió por la caída y Anstay dijo: ¡Por mis padres! Lanzó una flecha a la nariz de la estatua, esta cayó encima de la mujer y murió. Ahora Anstay tiene Egipto y la estatua no tiene nariz.


EL ESPEJO DEL CALLEJÓN por Teresa Ferrer (2ºB)

Cuando me miro al espejo roto del callejón, no veo al chico sonriente y seguro que era tiempo atrás. Las cosas han cambiado. Ni siquiera me reconozco. Ya no sé quién soy. El muchacho que veo parece una escultura de carbón. Va negro de arriba a abajo, incluso su pelo grasiento. Antes era color miel, como su antigua cálida mirada. Pero ya no. En lugar de dos ojos sonrientes veo dos pozos vacíos, como si hiciera tiempo ya que perdieron la esperanza. Las facciones de la cara son angulosas y carecen de mejillas; ni tan solo se conservan los mofletes. Lo único que me hace saber que ese soy yo son mis pantalones abombados, último regalo de mi padre antes de abandonarnos a mamá y a mí.

   Ahora estoy solo. Completamente. Mi madre no soportó demasiado tiempo más. Y eso es lo peor que te puede pasar en Dubai. En el mundo ya no queda justicia, y mi caso es un buen ejemplo.

   Cuando salgo a rapiñar, encuentro caviar en la basura. Manjares de los más apetecibles. Y la gente los tira como si no fuera nada. Como su comida de cada día.

   Caminando por la calle, buscando cobijo para dormir otra noche, encuentro Lamborghinis, Ferraris, Porches, conduciendo a toda pastilla. Veo tigres y leones atados como perros. Veo a gente quejándose de no haber conseguido el anillo de oro blanco que “necesitaban”. Y me indigno.

   Mientras todo eso pasa, yo muero de hambre, durmiendo en el sólido suelo mientras observo ventanas en las que hay personas durmiendo sobre colchones mullidos.

   Mi vida consiste en no morir. Aunque sé que tengo los días contados. Que no aguantaré mucho más.  Y aunque lo consiguiera, pronto estaré loco. Loco de atar.

   Cuando era pequeño le robé un cono de helado a un niño. Yo no sabía que estaba mal, y me lo llevé, disfrutando por primera vez en bastante tiempo de placer. Mamá me reprendió con la mirada. El niño empezó a llorar sobre sus zapatos de diseño. Su padre se acercó a mi madre y le dio una bofetada, y me quitó el helado de la mano. Yo me enfadé.

– ¡No pegues a mi mamá!

– Apártate, imbécil. Si no le hubieras robado a mi hijo esto no habría pasado. Deberías disculparte ante tu madre.

– Pero yo no he hecho nada malo…- y rompí a llorar como el crío ingenuo que era.

– Has contaminado el helado de mi niño.

– ¡No es verdad!

   El hombre se fue, llevándose por la muñeca a su mujer y a sus cuatro hijos. Yo miré a mamá. Ella me devolvió la mirada, entre avergonzada y enfadada.

   Esa fue la última vez en la que experimenté placer. Y me costó caro: un recuerdo imborrable. Pero creo que valió la pena.

   Mamá.

   No puedo pensar en ella. No puedo pensar en nada. Debería concentrarme en el presente, y seguir buscando un callejón mejor. El pasado es como una herramienta de tortura. Pero si sigo pensando en mí, en cómo soy, no podré evitar mirar atrás.

   Así que rompo el espejo.


BRUJA por Mireia Mejías (2ºB)

Volvía a respirar su aire. Volvía a pasearse por las calles manchadas de sangre y humillación. Volvía para vengarse, para hacer justicia. Volvía para hacer sufrir tal y como había sufrido ella.

Se detuvo delante de la casa pintada de amarillo. Los Garroway. Las llamas aún no se habían desprendido de su cuerpo. Miró por las ventanas. La familia dormía, incapaz de imaginar la desgracia que estaba a punto de caerles encima. Entró sin hacer ruido alguno, y buscó por todas las habitaciones a su víctima.Y la encontró. Durmiendo, plácidamente, en la cama de sábanas blancas y calentitas. El cabello largo y ondulado, de color chocolate, le caía por el rostro pálido y angelical. Podía notar su respiración rítmica y pausada; sonrió al imaginarse sus pequeños pulmones dejando de respirar. Pasó las manos por su camisón gris, absorbía el calor de la pequeña Hellen hasta dejarla fría como el hielo. Se recostó en la cama, a su lado, y empezó a recitar con murmullos suaves y gélidos:

– Tú eres Hellen, ¿verdad? Hellen Garroway- la niña no parecía darse cuenta de su presencia.- Probablemente nunca te hayan contado la historia de tu antepasado, William Garroway. Era médico. Vino a este pueblo para investigar los misteriosos sucesos. Sucesos relacionados con la brujería. Mi abuela era curandera, hacía ungüentos y curas con hierbas y flores. Tenía un libro, un libro muy valioso, que se había transmitido de generación en generación entre las mujeres de nuestra familia. William y sus investigadores encontraron el libro en mi posesión, y me acusaron de brujería. Tenía doce años… imagina que, a tu edad, te condenan a morir quemada…- la ira empezaba a hervir en su sangre- enmedio de las llamas, oí una voz. Satán. Prometió salvarme y poder vengarme… únete a mi señor, pequeña Hellen.

De repente, los ojos de la niña se abrieron. Eran de un color precioso: una mezcla de gris y azul con pinceladas café. Podía notar el pánico y el miedo en sus pupilas.

-¡Mam…!- empezó a gritar, pero no hubo tiempo de pedir más auxilio.

El fantasma de la bruja extendió sus horrible garras, negras y afiladas: su herramienta mortal. Las hundió en el pecho de la niña, que se retorcía de dolor mientras la sangre teñía de rojo la cama.

-Sálvate… únete a mi señor… él te regalará la inmortalidad, la eterna juventud, la belleza… tendrás poder y riquezas…- siseaba la bruja.

Hellen extendió la mano hasta alcanzar el rostro de su asesina, y su cuerpo sólido se desvaneció. Un remolino negro atravesó la ventana, rompiendo los cristales, y supo que otra alma había descendido al infierno.

La puerta se abrió, y Daniel Garroway irrumpió en la habitación. Se quedó congelado al ver la cama de su hija mojada de carmesín y la horrible criatura que lamía la sangre.

Su cabello era del rojo fuego, como las llamas de su condena. Los ojos no tenían color, simplemente eran pozos de maldad, locura y desesperación. La piel, de un gris pálido, lucía como si la hubieran desgarrado una manada de lobos con sus colmillos; era toda cicatrices, pedazos de carne cosidos con hilo negro como la noche. De sus manos huesudas salían unas garras, de medio metro, oscuras y brillantes como la obsidiana, cubiertas de sangre que goteaba lentamente. Vestía una túnica larga y de tela pesada.

-¿Quién eres?-preguntó Daniel, aterrorizado.

-¡Tu antepasado me hizo arder en la hoguera, ahora tu hija lo hará en el infierno!

-Hellen… ¿qué le has hecho?

-Duele, ¿verdad? El ver a alguien que amas morir de esa manera. ¡Imagina a mi pobre abuela!

-¿Quién eres? 

Rió; una carcajada profunda y gutural.

-Mary Ritterpyre, la legendaria bruja de la hoguera.  

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