A través de la ventana

Al “taller d’escriptura” de 2n d’ESO l’alumnat ha estat practicant en grup a fer diferents tipus de relats. Aquest ha estat seleccionat perquè tracta un tema delicat de forma molt propera i està molt ben contextualitzat.

Les seves autores són: Blanca Barrero, Alba Gassó, Mireia Mejías i Maria Pedret (de 2n ESO B)

¡Espero que en gaudiu de la lectura!

A TRAVÉS DE LA VENTANA

Sus miradas se cruzaron por primera vez a través de la ventana, una noche en la que ninguna de las dos podía dormir. Abdul ya hacía rato que roncaba, abrazado como todas las noches al cuerpo de su esposa, Asma. Karima había salido a mirar las estrellas, a imaginar en ellas mundos a los que poder escapar. Con tal solo ver su rostro reflectado en los ojos de la otra, sintieron como si las palabras acalladas por la opresión, la frustración, el dolor… salieran de sus labios gritando a pleno pulmón. Y la noche siguiente se volvieron a ver. Y la siguiente también. Y así pasaban las semanas, hasta que se encontraron una tarde en el mercado de su pequeña ciudad al lado de la capital, Al-Riyad.

Creo que ya es hora de que nos digamos algo, ¿no? −preguntó Karima sonriendo. Le había costado reconocer a la mujer que la traía loca desde hacía tiempo, ya que llevaba puesto el niqab obligatorio. Estaba acostumbrada a ver su pelo color chocolate cayéndole sedoso hasta media espalda.          

Asma no sabía que decir, así que cogió su bolso y se marchó. Estaba a punto de cruzar la puerta del mercado cuando notó la mano de Karima agarrándole el brazo.

Lo siento, no quería molestarte. Me gustaría invitarte a mi casa a tomar el té, si quieres −le propuso Karima.

Creo que mi marido no va a estar de acuerdo… −dijo Asma.

No será mucho rato. Por favor −insistió Karima. Asma, al final, asintió−. Genial, esta tarde a las cinco.

Y se hicieron las cinco. Y los nervios, que habían estado carcomiendo las entrañas de Karima toda la tarde, se apoderaron del todo de ella cuando el timbre sonó.

−Pasa, pasa −invitó Karima a Asma−. Puedes quitarte el niqab, estaremos solas.

Creo que no sería correcto -balbuceó la aludida.

−Te he visto un montón de veces sin él −le recordó Karima− Y tienes un cabello muy bonito.

Asma se sonrojó, y decidió que esa tarde no haría caso a las normas, a lo que le habían impuesto, a lo que su cabeza consideraba correcto o incorrecto.

−¿Vives sola? −preguntó extrañada. Las mujeres no solían vivir solas, al menos no en Arabia Saudita.

−Sí. Vivía con mi madre, que murió hace un año. Mi padre nos dejó cuando yo tenía cinco. No tengo más familia, es por eso que nadie me ha buscado marido. Trabajo en una fábrica textil aquí al lado, gano lo suficiente como para vivir, yo sola, sin depender de nadie; soy libre. Y me encanta.

Asma se estremeció débilmente tras esas palabras de Karima. La envidiaba muchísimo; ella era prisionera de un matrimonio que nunca había deseado con un hombre al que nunca había amado. Estaba harta de tener que conformarse, de tener que sufrir. Pero tenía miedo. Sabía lo que le hacían a las personas que no seguían con las normas; todo el mundo lo sabía. Y, al entrar en casa de Karima, al quitarse el niqab, había sentido como si, junto a ese velo que nunca había querido llevar, se quitara también el miedo. Karima era como una mecha. Una mecha que encendía la llama de su rebeldía. Y esa rebeldía iba creciendo, como su amistad. Hasta esa tarde lluviosa.

Estaban las dos amigas volviendo del mercado cuando oyeron los truenos y, acto seguido, empezó a llover. A llover muchísimo. Su casa estaba lejos y no podían permitirse un taxi, así que se refugiaron en un pequeño porche abandonado, esperando a que cesara la tormenta. Y, antes de que pudiera reaccionar, Karima cogió el rostro de Asma y la besó; un beso robado; un beso prohibido en un lugar prohibido.

Y cesó de llover. Y corrieron hasta la casa de Karima, y se volvieron a besar. Y pasaron así toda la tarde, sintiendo la adrenalina corriendo por su cuerpo, sintiendo el placer de lo prohibido… volviéndose adictas a ese placer.

Pero el invierno siempre llega, y la primavera de amor y emociones que vivían Asma y Karima duró poco. Pasaban mucho tiempo juntas, a escondidas, y Abdul empezó a extrañarse de que su esposa se ausentara tanto de casa. Así que decidió investigar. Una mañana que se suponía que debía estar trabajando, las dos enamoradas habían quedado en casa de Asma. Y, concentradas como estaban una en los labios de la otra, no se dieron cuenta de la presencia de Abdul hasta que su esposa notó que alguien la tiraba del cabello, separándola de Karima.

−¿Asma? −gritó el hombre−. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué representa esto? ¿Quién es esta mujer? −Asma se quedó congelada, muda de terror. Abdul se giró hacia Karima, vociferando−. ¿Qué le has hecho a mi mujer? ¿Qué asquerosa enfermedad le has contagiado? ¿Cómo te atreves a tocarla? ¡Es mí mujer, es mía, de mi propiedad! −La sangre le hervía con fuerza en sus venas, y era completamente incapaz de pensar en ese momento−. ¡Voy a hacer lo que se debe hacer con la gente como tú!

−¡Abdul, déjala, por favor! −exclamó Asma, al borde del llanto−. ¡No es culpa suya! ¡Castígame a mí!

−¡Esposa, ya hablaremos de tu castigo, pero es ella la que te ha corrompido con deseos antinaturales!

Karima era incapaz de hablar, paralizada por el miedo. El hombre le agarraba del brazo con fuerza, y las lágrimas surcaban su rostro como ríos que van al mar.

−¡¿Antinatural?! −El miedo de Asma se había sustituido por la ira, por la rabia hacia el mundo y la gente como su marido que, al fin y al cabo, no era nada más que una marioneta controlada por esa sociedad de mierda. Pero tanto ella como Karima hacía tiempo que había cortado las cuerdas de sus marionetas−. ¿Es antinatural, el amor? El amor está presente en muchas formas: el amor de un padre o una madre por sus hijos, el amor entre hermanos, el amor que hay en una amistad, el amor romántico… ¿Si tantos tipos de amor son aceptados, porque no lo es el amor romántico hacia alguien de tu mismo sexo? ¿Por qué se nos acusa de enfermos mentales? ¿Acaso amar es una enfermedad, un crimen? −Una bofetada detuvo esa palabras que hacía tanto tiempo que deambulaban por su mente.

−¡Cállate, mujer! −pronunció esa última palabra como si de un insulto se tratara, y le dio una patada que la arrojó por el suelo, y se llevó Karima a rastras de la habitación.

Y, en la calle, empezó a arrojar piedras al cuerpo de Karima. La sangre salía a borbotones de las heridas junto a los gritos de agonía, mientras la sonrisa maléfica e insana de Abdul se ensanchaba cada vez más. Lapidación. Así es como se castiga el hecho de amar libremente en varios países aún hoy en día.

Asma oyó los gritos de súplica y dolor de su amada, y no dudó en usar su cuerpo como escudo. Su marido, que se había dejado llevar por la locura, no se había dado cuenta de que le estaba lanzando las piedras a su mujer. Y siguió arrojando más, y más… hasta que el corazón de Asma dejó de latir. Para siempre.

Un grito de dolor inundó el aire, y Karima le dio con una de las piedras al pecho de Abdul, dejándolo inconsciente. Abrazó el cuerpo de su amada, de la mujer que había ido a salvarle la vida… perdiendo la suya en el camino.

Empezó a llover, y las lágrimas de Karima se entremezclaron con sangre.

 

                                                         

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